En la plaza del Rectorado de la Universidad Central de Venezuela, el país parece haberse reunido para responder a la emergencia. Desde temprano llegan personas con bolsas pequeñas entre las manos, familias que traen lo poco que pueden donar, motorizados, carros particulares y camiones cargados con mercancía. La escena, a primera vista, podría parecer caótica: gente entrando y saliendo, cajas que se apilan, voluntarios que gritan “ropa”, “comida”, “medicinas”, carteles que indican dónde dejar cada cosa, coordinadores con chalecos naranja que se comunican por walkie talkies. Pero detrás de ese movimiento incesante hay un sistema que funciona: rápido, eficiente y profundamente solidario.
Quien llega debe decir qué trae o guiarse por los carteles distribuidos en los distintos espacios. Las donaciones se clasifican de inmediato. Las medicinas son trasladadas hacia la facultad correspondiente y a Medicina Tropical, donde se reciben, revisan y ordenan. La ropa se separa por tallas, género y tipo de prenda. Los zapatos se organizan por número. La comida se clasifica según su condición: los alimentos preparados y las frutas salen con rapidez hacia La Guaira y hacia los refugios, porque no pueden esperar. En el comedor de Faces, además, se preparan comidas para voluntarios, estudiantes y personas que sostienen el operativo.
Miles de cosas llegan y miles salen. Una vez revisadas, separadas y acomodadas, las donaciones pasan a otro punto para ser entregadas a quienes distribuyen en terreno. Allí también hay registro: qué se entrega, quién lo recibe y hacia dónde va destinado. Cada motorizado, camión o persona que retira ayuda deja sus datos y debe enviar luego una fotografía que confirme la recepción. La solidaridad también necesita método, transparencia y responsabilidad.
Mientras estuvimos allí, uno de los organizadores recibió una llamada para coordinar la recepción de una donación proveniente de una cadena de farmacias. Medicamentos, insumos y materiales estaban por llegar: analgésicos, antihipertensivos, pañales y otros productos necesarios para atender necesidades urgentes. En medio del ruido, las carreras y las voces, la llamada era una muestra más de la dimensión de lo que ocurre: un país entero intentando responder, desde donde puede, al dolor de otros.
Los motorizados salen en grupo, cargados con bolsas pequeñas, cajas, alimentos, ropa e incluso colchones. Algunos van hacia comunidades afectadas; otros hacia refugios. Antes, avanzadas de voluntarios han ido temprano a los lugares donde están las personas damnificadas para confirmar requerimientos. No se trata solo de mandar ayuda: se intenta saber qué se necesita, dónde y con qué urgencia.
El cansancio ya se siente. Son más de 48 horas durmiendo apenas un par de horas, comiendo rápido, respondiendo llamadas, cargando cajas, clasificando ropa, anotando datos, coordinando rutas, recibiendo noticias difíciles. Pero el compromiso sostiene lo que el cuerpo ya no puede. Los mueve una energía hecha de amor, responsabilidad y sentido de comunidad.
También llegan noticias dolorosas. Personas fallecidas de la comunidad universitaria. Profesores, estudiantes y egresados que lo perdieron todo. En esos pasillos y espacios abiertos conviven la sorpresa, el dolor y la incredulidad. Hay momentos en los que la tristeza parece imponerse, pero enseguida alguien pregunta qué falta, quién sale, qué llegó, qué se necesita. Hay que seguir.
La emergencia, además, golpea sobre una fragilidad acumulada. El sector universitario, especialmente los profesores, ha sido uno de los más afectados por años de precarización salarial y retrocesos en derechos. Muchos no solo enfrentan ahora los efectos del desastre, sino también una historia previa de vulnerabilidad. Si existieran villas estudiantiles disponibles, podrían servir como cobijo especial para parte de la comunidad afectada. Pero esos espacios han sido tomados y controlados por el Estado, lejos de su propósito original. Así, la universidad vuelve a resolver urgencias sobre urgencias con lo que tiene: su gente.
A las 7 de la noche comienza el resguardo de lo recibido. Quedan voluntarios para atender envíos rezagados y proteger lo almacenado. La jornada no termina realmente; apenas cambia de ritmo. Mientras tanto, quienes coordinan empiezan a pensar en el corto y mediano plazo. Saben que la ayuda puede disminuir, pero las necesidades aumentarán. En una semana, los refugios podrían estar a tope y las demandas serán mayores: alimentación, medicinas, higiene, descanso, contención emocional, abrigo, acompañamiento.
Entre las solicitudes más urgentes no pidieron grandes cosas. Radios de corta distancia. Una Starlink para quienes salen a terreno y quedan sin comunicación. Apoyo psicoemocional para voluntarios y personas afectadas. Nadie está realmente preparado para lo ocurrido. En algún momento, cuando baje la adrenalina, saldrá la herida. Y esa herida también necesitará ser atendida.
Lo que ocurre en el centro de acopio de la UCV no es solo una operación humanitaria. Es una forma de país. Allí, incluso las diferencias entre representantes estudiantiles quedaron pausadas. Volvieron a estar juntos, trabajando lado a lado, mostrando que hay momentos en los que la vida se impone sobre cualquier división. En el Rectorado se está haciendo, desde abajo, una historia de reconciliación posible: una solidaridad sin adjetivos, sin cálculo y sin permiso.
Frente a la adversidad, la universidad se convirtió en refugio, puente, centro de distribución, punto de encuentro y espacio de duelo. Pero también en una imagen poderosa de esperanza. El país está allí: en quienes cargan cajas, en quienes clasifican medicamentos, en quienes cocinan, en quienes salen en moto, en quienes anotan datos, en quienes lloran y siguen.
El país está en el Rectorado, unido, enfrentando la emergencia con resiliencia. Mientras arriba persiste el techo pesado de quienes permanecen en el poder, abajo se mueven los cimientos de otra Venezuela: una que se reconoce en el dolor compartido, que se organiza para cuidar y que entiende que, incluso entre ruinas, la solidaridad puede ser el primer acto de reconstrucción.
27.06.26
Laboratorio de Paz 🕊️








