Crónica de un recorrido un día después del terremoto.
Caracas amaneció nuevamente detenida por esa quietud densa que aparece después del miedo, cuando las personas todavía intentan entender qué ocurrió, qué perdieron y qué puede volver a pasar. Una energía de duelo e incertidumbre que no nos es extraña en la historia reciente.
El recorrido, realizado el 25 de junio y 12 horas después del movimiento telúrico por Laboratorio de Paz, por distintas zonas de la ciudad (Petare, Colina de Los Ruíces, Los Ruices, Las Mercedes, Altamira, Los Palos Grandes, Chacao, Chuao, San Bernardino, La Candelaria, avenida Libertador, El Bosque, Bellas Artes, Plaza Venezuela. Pinto Salinas, Sarria y la avenida Casanova) mostró una ciudad con una tensión contenida. Había carros y motos circulando, personas caminando, largas filas en estaciones de gasolina y gente esperando en las afueras de supermercados y comercios. En muchos establecimientos se permite la entrada por grupos reducidos, mientras otras personas aguardaban afuera con bolsas, rostros cansados y gestos de pesadumbre.
Pocos comercios permanecen abiertos. Los expendios de medicamentos y alimentos son la excepción, aunque solo las polleras y areperas y franquicias, junto a los perreros de la calle, están funcionando. En algunos puntos había compras nerviosas; en otros, compras más previsivas, galones de agua y pilas, como si la ciudad intentara prepararse a algo sin entrar por completo en pánico. Una rutina que no nos es ajena. La preocupación, es visible. Se siente en las conversaciones breves, en los silencios prolongados, en las miradas hacia los edificios y en la forma en que muchas personas permanecían en la calle, abajo de sus viviendas, sin saber si regresar o esperar. La palabra repetida “La Guaira”.
En zonas como Los Ruices, Altamira, Los Palos Grandes, Chacao y San Bernardino, numerosas personas se encontraban en las aceras y entradas de edificios. Algunas porque no tenían a dónde ir. Otras permanecían allí para resguardar sus enseres o acompañar a familiares y vecinos. El ambiente era de conversaciones a voz baja, tristeza y preocupación. No se trata solo de daños materiales: la sensación de fragilidad, de haber perdido de golpe la única confianza cierta, la seguridad dentro de casa.
San Bernardino mostraba una de las escenas más duras. En la avenida Anauco, varios edificios presentan grietas, paredes rotas y afectaciones visibles en estructura, pintura, fachadas y elementos decorativos. En la casa Anauco había mucha gente en la calle. Los escombros todavía estaban siendo recogidos y la presencia de cuerpos policiales y personal de atención marcaba la gravedad del momento. La avenida Los Próceres se encontraba acordonada. El paso restringido, salvo para ambulancias y personal especializado, debido al colapso total de un edificio. Allí, la preocupación principal era urgente y humana: personas que debe ser rescatadas bajo los escombros.
En Los Palos Grandes, el panorama también era bastante desolador. Desde la avenida Luis Roche y la primera transversal se observaban edificios seriamente comprometidos y calles acordonadas. La gente se acercaba con incredulidad, algunas personas en shock, otras tratando de obtener información o confirmar si familiares, vecinos o conocidos estaban a salvo. La escena, una mezcla de miedo, impotencia y duelo anticipado: edificios afectados, calles cerradas y una comunidad que aún intenta comprender la magnitud de lo ocurrido.
En La Candelaria, muchas personas permanecían en las calles. También se observaron afectaciones visibles en las fachadas del Sambil y Galerías Ávila, aunque sin daños estructurales evidentes desde el exterior. La avenida Libertador, El Bosque, Bellas Artes, Plaza Venezuela y la avenida Casanova mantenían movimiento, pero bajo una atmósfera distinta. Caracas sigue funcionando parcialmente, pero con el pulso alterado.
La presencia policial es amplia en varios puntos de la ciudad. En las zonas más afectadas, los cordones de seguridad buscan impedir el acceso a áreas de riesgo y permitir el trabajo de ambulancias, equipos especializados y personal de emergencia. En medio de esa vigilancia, la ciudadanía parecía debatirse entre la necesidad de protegerse, buscar información y ser útiles para los que están en mayor vulnerabilidad.
La mayor preocupación sigue siendo la vida de las personas atrapadas bajo edificios colapsados, así como la situación en La Guaira, donde están las afectaciones más cuantiosas y graves. En Caracas, más allá de los daños visibles, lo que se respira es una ciudad golpeada emocionalmente: personas en la calle, edificios heridos, familias esperando noticias y una comunidad que, en medio del miedo, intenta sostenerse y seguir.
Caracas, hoy, no grita, no ríe, no hace bulla. Caracas guarda el miedo, la tristeza, la esperanza y la urgencia.





































